
No abrir tantos frentes de conflicto suele ser una máxima apreciada por los políticos tradicionales. Por formación, Kirchner es un político tradicional, aún cuando haya traído novedades y audacias, corriendo los límites de lo que -hasta entonces- se veía como posible. Lo sensato, lo posible, el límite, nunca es del todo preestablecido y corresponde a la política fijar el muro de contención o, eventualmente, correrlo.
Bastante de esto trajo el gobierno kirchnerista, aunque se estén gastando un poco las pilas: no todo puede ser novedad constante, sorpresa, iniciativa. Es la pérdida de esta última lo que acontece desde hace varios días, aún cuando cada conflicto particular, cada mini crisis, no sólo no sea enfrentada por derecha como hicieron otros gobiernos que buscaban el aura benevolente dle mote de progresistas (sin ir tan lejos, Alfonsín y la Alianza son dos claros ejemplos) sino que además encuentran en el gobierno nacional su casi única esperanza. Esto es tan bueno, para el propio gobierno, como negativo. La vuelta a los imaginarios de la vieja argentina, de las arcas rebosantes, los superhábith gemelos, las reservas, es también un punto de referencia para los geteos de cualquier índole, fundamentalmente de trabajadores estatales -rezagados con respecto a los privados desde la devaluación- y empresarios improductivos de ramas varias, pero fundamentalmente del transporte.
La quita de la concesión del metropolitano es claro ejemplo del empresariado manguero y chanta, que no encuentra una sola buena razón para justificar su presencia, entre otras cosas, porque recauda más de subsidios que de ingresos genuinos. Estos subsidios llevaron a que se pueda congelar la tarifa -pagadas por todo el país, para usufructo de los porteños, quienes consiguen la mano de obra barata de los bonaerenses para trabajos poco calificados- en un marco de congelamiento tarifario de los combustibles. No obstante, la sensación de que hay una inflación galopante -con tarifas de transporte congeladas, combustibles congelados, servicios públicos e impuestos congelados- está instalada, fundamentalmente en esa zona metropolitana de gran consumo de medios de comunicación de la derecha.
Los distintos conflictos docentes son un avance gremial sobre las reivindicaciones de hace cuatro años larguísimos (cuando se pedía que no se achiquen salarios) y son parte de las demandas de un imaginario social de lo que argentina fue , del cual este gobierno se presenta como heredero.
No es un dato menor que estos conflictos tengan mayor fuerza en las provincias más ricas.
La sumatoria de estas mini crisis, en tiempos preelectorales, ha desgastado claramente al gobierno: ha perdido, además, una batalla importante en el pilar d ela credibilidad, ya que se ha puesto en duda su honradez y más grave todavía, los datos estadísticos.
No ha habido, sin embargo, salidas a las crisis, por derecha. Esta señal, para quienes buscan desestabilizar seriamente (no, por caso, el delirio troskista) es importante hasta que lleguen las elecciones.
Una pregunta, sin embargo, puede formularse desde el diario La Nación: Ahora que el país es un caos, que retornó la violencia, la inflación: ¿Tiene una mujer, como Cristina K, la autoridad suficiente para pilotear la tormenta?.
Tal vez quieran, desde el propio gobierno, responder que sí, que puede, y monten alguna escena de supuesta autoridad en algún viaje al Ecuador, pero la batalla, en ese sentido, está en otro lado: ¿Cual caos? ¿La disputa por el distribución es un caos o es normal en democracia? ¿No es normal los exabruptos, la crispación, cuando se trata del poder? ¿No es mejor esta supuesta "campaña sucia" de cartelitos boludos que como se resolvían las diferencias políticas en este país hasta no hace poco menos que dos décadas?
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